Ricardo Caicedo fallece un campeón

Hay muchachos que nacen con el ruido del estadio en el pecho. Otros, como Ricardo Caicedo, nacen con el rumor áspero de la madrugada en la plaza. La Plaza de Corabastos no es precisamente una pista atlética: es un territorio de bultos, carretas, voces que negocian el precio de la papa y el cilantro, camiones que respiran humo a las tres de la mañana. Pero de ese concreto húmedo también brotan sueños. Y Ricardo era uno de esos sueños que corría.
Lo conocí hace treinta y cuatro años. Tenía dieciséis. Venía de Kennedy con los tenis gastados y una mirada limpia, llena de futuro. Su vida giraba entre la plaza y la pista, entre el trabajo y el entrenamiento, entre la obligación y la esperanza. Entrenaba con el profesor Carlos Garavito, un formador de esos que enseñan más con el ejemplo que con el silbato. Bajo su guía empezó a participar en torneos nacionales e internacionales de atletismo de fondo. Era rápido. Fuerte. Tenía esa respiración acompasada de los que saben sufrir en silencio.
Correr fondo no es solo mover las piernas: es negociar con el dolor, es pactar con la soledad. Ricardo lo entendía. En cada competencia dejaba algo más que sudor: dejaba una promesa. Tenía potencial, proyección, esa chispa que uno reconoce cuando ve a alguien que podría llegar lejos si el mundo no le pusiera tantas piedras en la pista. Pero la vida, en nuestros barrios, no suele dar tregua. Muy joven empezó a asumir responsabilidades de hogar. El reloj dejó de marcar parciales y empezó a marcar turnos. Entre estudiar, trabajar en Corabastos y sostener los sueños, la pista fue quedando atrás.
Y sin embargo, nunca dejó de ser atleta. Aunque el cronómetro ya no midiera sus marcas, la disciplina se le quedó en el carácter. Logró algunas participaciones internacionales, dejó registros que hoy tal vez duermen en una carpeta amarillenta, pero sobre todo dejó huella en quienes corrimos a su lado. Yo conservo imágenes, fotos, recuerdos de esas jornadas en que el sol apenas nacía y nosotros ya estábamos desafiando el asfalto.
Hace dos días supe de su muerte. La noticia llegó como llegan las cosas definitivas: sin pedir permiso. No pude asistir a despedirlo, y esa ausencia pesa. Pero me queda el privilegio de haber compartido pista, de haber entendido que era un deportista que se estaba haciendo a pulso, que su proyecto de vida no cabía solo en una medalla sino en la dignidad de levantarse cada día a intentarlo.
Ricardo Caicedo fue un muchacho nacido en la plaza, moldeado por el trabajo y la resistencia. Un corredor que demostró que el talento existe en las esquinas más inesperadas de la ciudad. En una época donde estudiar, trabajar y perseguir un sueño deportivo es casi un acto de rebeldía, él lo intentó todo. Tal vez su paso por el atletismo fue corto, pero fue intenso. Y a veces eso basta.
Porque hay vidas que no se miden en años ni en títulos, sino en la fuerza con la que se corre mientras se puede. Y Ricardo corrió. Corrió contra el tiempo, contra las circunstancias, contra el peso de una realidad que a muchos nos dobla. Hoy quiero nombrarlo, honrarlo, dejarlo escrito. Que su memoria siga avanzando, como esas zancadas largas que alguna vez vimos perderse en el horizonte gris de la ciudad.

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